sábado, 10 de diciembre de 2016

Poetas Cubanos (III): Dulce María Loynaz





La creación poética es un misterio indescifrable, como el misterio del nacimiento del hombre. Se oyen voces, no se sabe de dónde, y es inútil preocuparse de dónde vienen. 

Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo. 

La soledad es la gran talladora del espíritu.








Nada nos hace más feliz que cierta poesía incrustada en los paisajes alumbrados por el ocaso o el amanecer, a la sombra de una música natural y constante, como son los ruidos del mar, o del arroyo que tintinea entre las piedras al desenredar sus pasos por el monte.

Nada nos contenta más que ese silencio que puebla la mañana, o la tarde, cuando solo escuchamos los sonidos de los pájaros, alegres o tímidos, en sus menesteres; o el sinfónico arrullo que produce el viento entre las cosas del mundo. 

La poesía nos obliga a gozar de su felicidad, conmueve de un modo rotundo, cuando calma nuestra nostalgia y se inventa esa tristeza feliz, el puro extrañamiento de su momento absoluto, donde somos tan efímeros como los versos del poema. 

El poema es un instante que se asoma a un lugar recóndito de nuestra vida; y también somos, en su imagen y desconcierto, el cuerpo del poema, su existencia. 

El poeta es una sustanciación de esos instantes, un orfebre que graba en su corazón el cántico del tiempo; que intenta pulir la perfección, humanizarla con cierto fervor tranquilo, un poco expectante, contemplativo. 

El silencio es un hallazgo en sus manos, un milagro de amor, el prodigio de la rosa que vuelve a mirarse, una y otra vez, en su propio alumbramiento....









La oración de la rosa


Padre nuestro que estás en la tierra; en la fuerte
y hermosa tierra;
en la tierra buena;

Santificado sea el nombre tuyo
que nadie sabe; que en ninguna forma
se atrevió a pronunciar este silencio
pequeño y delicado..., este
silencio que en el mundo
somos nosotras,
las rosas...

Venga también a nos, las pequeñitas
y dulces flores de la tierra,
el tu Reino prometido...,

Hágase en nos tu voluntad, aunque ella
sea que nuestra vida sólo dure
lo que dura una tarde...

El sol nuestro de cada día, dánoslo
para el único día nuestro...

Perdona nuestras deudas
-la de la espina,
la del perfume cada vez más débil,
la de la miel que no alcanzó
para la sed de dos abejas...-,
así como nosotras perdonamos
a nuestros deudores los hombres,
que nos cortan, nos venden y nos llevan
a sus mentiras fúnebres,
a sus torpes o insulsas fiestas...

No nos dejes caer
nunca en la tentación de desear
la palabra vacía - ¡el cascabel
de las palabras!...-,
ni el moverse de pies
apresurados,
ni el corazón oscuro de
los animales que se pudre...
Mas líbranos de todo mal.

Amen.







MARGINALIA:  Dulce María Loynaz nació en La Habana el 10 de diciembre de 1902. Fue nombrada María Mercedes Loynaz y Muñoz, pero se le conoció siempre como Dulce María. / Sin dudas es la más grande escritora cubana del siglo veinte, galardonada con el Premio Miguel de Cervantes en 1992. / En su vasta obra encontramos los poemarios "Juegos de agua", "Poemas náufragos", "Melancolía de otoño" y "Poemas sin nombre", la novela "Jardín", sus ensayos "Canto a la mujer" y "La palabra en el aire" y los epistolarios "Cartas a Julio Orlando" y "Cartas de Egipto. / Una excelente edición de sus poesías la puedes encontrar aquí. / Reproducimos en Pronósticos del Mirlo un fragmento de su conmovedor testimonio "Fe de Vida".