viernes, 9 de junio de 2017

Poetas Cubanos(III): Rafael Alcides


Cuando vengan a buscarme
para ir al baile de los cojos,
diré que no uso muletas,
que mis piernas están intactas.
                             
Con dos hachazos estaré listo,
con dos muletas iré remando,
y cuando entre por esa puerta
me pondrán una coja en los brazos.
                                 
Y cuando nadie lo espere,
a las dos de la mañana,
vendrá el verdugo de los cojos
para que no queden rastros.



Los poetas suelen hallar la simiente de su voz en los labios de otros poetas. Las palabras ajenas, distantes, señeras,  nos desprevienen por un camino hirsuto, hecho peldaños por los que el poeta quiere ascender a su propia existencia.

Cuando un poeta calla resiste, pero este silencio no es más que un grito, un discurso incrustado de soledades, fidelidad, estoicismo devuelto al laberinto de la palabra para dotar de un clamor fijo a su existencia. 

El poeta es un ser de soledad, un hombre común que suele mirarse en los ojos del otro con cierto cinismo, pues se arroga la oportunidad de no creer en los espejismos del futuro, sabiendo que su verdad puede significar muy poca cosa, nada, en comparación con la verdad de cierta mayoría.

El tiempo suele burlarse del presente, afincar su orgullo y legitimidad en cegar las tornas, haciendo visible lo invisible, fundando una certeza imposible, que irá fijándose con el paso del tiempo.

Hablar, pensar, y vivir escribiendo para un mismo, para su conformidad y no la de los hombres, nos acerca a una soledad y silencio inherentes a la buena poesía. 




EN EL ENTIERRO DEL HOMBRE COMÚN



A Raúl Luis

Cuando un entierro con dos máquinas solas
pasa y nadie se fija, yo tiemblo, me estremezco,
palpito; siento miedo de ser un hombre.
Pero me sobrepongo.
Algo muy importante acaba de suceder en el mundo
y empiezo a tararear el himno nacional.
A estas alturas mi corazón no puede más.
Había seguido con la vista el entierro.
De pronto echo a correr,
me reúno con los que están junto al hoyo,
tomo valor yo también para dejar caer el terrón.
Ese muerto es para mí el triunfo de la especie,
ese muerto anónimo que fue el alma del combate
sin embargo,
pero, ahora,
ese muerto solo:
sin más victoria que el silencio.
Y lloro militarmente en la tumba de mi único general.



CANCIÓN PARA LOS DOS



Eres tan frágil
que me gustaría
darte la comida
yo mismo,
lavarte la cabeza
yo mismo,
con una mano muy limpia
peinarte
yo mismo
y de ser posible
(si se pudiera),
morirme en tu lugar.
Oh extraña
flor desvalida,
criatura que hasta el viento
de una tarde azul
pudiera arrastrar,
y sin la cual
ya voy siendo
bastante menos
que
nada.


EL AGRADECIDO

A Nati Revuelta

Toda mi vida ha sido un desastre
del que no me arrepiento.
La falta de niñez me hizo hombre
y el amor me sostiene.
La cárcel, el hambre, todo;
todo eso me ha estado muy bien:
las puñaladas en la noche,
y el padre desconocido.
Y así de lo que no tuve
nace esto que soy:
bien poca cosa, es verdad,
pero enorme, agradecido como un perro.



Rafael Alcides habla sobre la Belleza



MARGINALIA: Su obra ha alcanzado el más alto galardón a que puede aspirar un poeta: a la trascendencia otorgada por el reconocimiento de cientos de lectores de su país…, sin embargo, poco divulgado aún en el exterior, sigue siendo uno de esos poetas rodeados por el silencio y el propio misterio de su vida. Rafael Alcides nació en 1933. Entre otros poemarios ha publicado La pata de palo (1967), Agradecido como un perro (Premio de la crítica, 1983), Y se mueren, y vuelven, y se mueren (1988), Noche en el recuerdo (1989) y Nadie (1993). Un caballo, dos hombres y una mujer (1986) es una muestra de su producción novelística. Reside en La Habana. Es uno de los mejores poetas cubanos vivos en el fin de siglo. 

jueves, 13 de abril de 2017

MEMORIAS DEL CUERPO (XVIII)


¡Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!
¡Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!
¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!






A veces nadie recuerda que los muertos están vivos, que se sientan junto a nosotros a tomar su plato de lentejas, sin saludar, sin avisarnos de que asistirían a cenar para decirnos que no están tan muertos, que aún viven en un lugar recóndito de nuestro silencio.

A veces las velas se apagan y en algún lugar de la casa escuchamos el golpeteo de una ventana contra si misma, el chirrido inmisericorde de las cigarras fuera de temporada.

A veces el amor regresa, se derrama encima de nuestra soledad como un reclamo de otro mundo, como una presencia que debemos presentir y arrinconar en el mínimo laberinto de nuestro pecho.

A veces el amor pasa... y no lo sabemos...






Han derramado el vino sobre la mesa...



Han derramado el vino sobre la mesa
y la muerte huele a luz
a consolada ceniza
como blancas columnas en la piedra aduermo

Se ha vertido igualmente todo el arroz
las torpes migajas de pan
que hoy alimentan la fuente de los ríos

Nadie pregunta por la cena
ni se arriesga a partir
cuando la casa duda del paisaje
y poco falta ya por romperse 

Han cerrado las altas ventanas
la voluntad de ejercer el patrimonio del asco
el aceite de un candil que pasa por mis huesos






MARGINALIA: Este poema es un lugar extraño y doloroso; pertenece al cuaderno Memorias del Cuerpo que forma parte del libro que da nombre a este blog y que algún día volveré a escribir, a pisotear sus versos./ Otros textos compañeros de éste, en tesitura similar pueden leerse aquí./ Escucharlos en el viento sería un buen desafío para quien busca pretextos en el hartazgo de la noche, o el día.